A buena hora se me ocurrió pensar que no necesitaba un chófer en la India. Menos mal que nadie me hizo caso. Creo que nunca sería capaz de conducir en esta ciudad. No es que solo vayan por la izquierda, es que simplemente no hay reglas. Ni semáforos. La bocina es el único intermitente. En un cruce, lo único que vale es mirar a la cara del indio y con los ojos decidir quien pasa primero. Las carreteras están llenas de badenes y socavones que te hacen botar vayas en lo que vayas.
El rickshaw es uno de los medios más utilizados, además de ellos cientos de motos, bicicletas, carros tirados por bueyes y camellos, vacas y perros cruzan las carreteras. Es impresionante cuanta gente puede ir en cada uno de ellos. Una scooter es normalmente para cuatro: los padres y dos hijos. En un rickshaw he llegado a ver hasta ocho indios.
Por 1.000 Rupees me he comprado esta preciosa bicicleta (atención frenos de varilla) que utilizo para ir de casa a la oficina. En la emoción de mis primeras pedaladas se me pasó totalmente que había que ir por la izquierda, así que en la primera esquina me encontré de bruces con un rickshaw que se quedo pensando, este blanco ¿a donde irá?